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MARTA R. ZABALETA

SchoolofArts and Education, Middlesex University, Reino Unido

Acerca de la Memoria: voces revolucionarias del Sur 1

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En este articulo se postula que los textos de mujeres sobrevivientes del terrorismo de estado que se presentan a modo de ejemplo, constituyen soportes importantes del proceso de reconstrucción de la memoria social del Cono Sur, al tiempo que su producción ayuda a sus narradoras a superar síndromes postraumáticos, y les otorgan la sensación de pertenecer a una nueva comunidad, etapa esta imprescindible en la recuperación de sus identidades desgarradas. La variedad de las formas estilísticas utilizadas cuestiona la esencia misma del canon literario y escapa a la lentitud de la crítica. Luego, en la segunda parte, se ofrece un ejemplo concreto de este tipo de escritura, en el afán de reafirmar la necesidad de desechar la rigidez de la escritura científica tradicional, firmemente centrada en el Hombre y adaptada a sus necesidades y dominación social genérica. Con dicho acto de transgresión se invita a repensar las diferencias entre lo así llamado escritura femenina, escritos feministas y textos de mujeres, etc., abogando por el respeto básico a las diferencias inmanentes a cada ser humano, que trascienden la pobreza implícita en aquellas propuestas teóricas que tratan de adaptar la interpretación de una realidad muy cambiante a marcos y normas teóricas preestablecidos, y que las más de las veces funcionan obscureciendo o paralizando la creación científica y /o la crítica literaria de las mujeres que escriben en cuanto mujeres.

Palabras claves: feminismo; machismo; tortura; dictadura; trauma; exilio

Esto pertenece a una zona muy profunda de la identidad, a una zona que no se puede discernir puesto que es más profunda que cualquier identificación sentimental. ¿Qué persona revolucionaria – en arte, política, religión, o en otra cosa – no ha experimentado aquel momento extremo en que él o ella no era nada más que una bestia, en que se sentía responsable, no por las crías que murieron, sino ya antes  de que las crías murieran? ‘

Gilles Deleuze, 1981

 

 

Escritos de mujeres

 

Un fenómeno sacude al mundo, aunque no revolucione al mercado global ni conmueva a la crítica especializada: la escritura de mujeres en cuanto mujeres. Y las mujeres latinoamericanas, lejos de quedar excluidas de esta tendencia que esperamos se prolongue y expanda, han contribuido a ello decididamente. En efecto, un número cada vez más importante de mujeres ha publicado durante las dos o tres últimas décadas novelas, poemas, ensayos, obras de teatro y narrativas testimoniales, (Judy Maloof: 2000), y con ello se habría creado según la autora un cuerpo literario importante, que está lejos de ser homogéneo, dado que en su interior- siempre en su opinión- contrastan estilos altamente estéticos, ‘metaficcionales’, y de prosa hermética como serían por ejemplo los de Diamela Eltit y Julieta Campos, con otros mucho más accesibles.

Tal vez es por eso que, valdría la pena formular, sólo un pequeño grupo de estas autoras ha logrado premios importantes y fama internacional. ¿O será acaso que lo que ocurre es más bien, como dice Jean Franco (Franco, 1992: 73), que esta nueva apertura del mercado literario se debe en cambio a la proliferación de los estudios sobre la mujer (¿adónde, en el Primer Mundo?, valdría la pena que Jean hubiera especificado), y a la incorporación de mujeres escritoras del Tercer Mundo en el currículo, lo que repentinamente ha provisto a estas con esa masa de lectores internacionales que los escritores del ‘boom’ ya han venido gozando desde hace bastante tiempo? 2

Sea verdad lo uno o lo otro, o una combinación de ambos, cabría sin embargo preguntarse algo más , y es por qué es que existe todavía toda una serie de escritos de mujeres que no sólo no han sido en su mayoría todavía estudiados sistemáticamente ni siquiera por la crítica literaria feminista – ni por ninguna otra tampoco para ese efecto, que yo lo sepa -, sino que además en su mayoría no han sido tampoco incorporados a los programas de Literatura Comparada ni a las cursos de Estudios sobre las mujeres y /o de género, ni a los de Historia de la izquierda de América Latina; no ciertamente aquí, en el Reino Unido.

No obstante todo lo anterior, es precisamente por la importancia implícita que creo que revisten  para el proceso de construcción de la memoria social este conjunto todavía ‘segregado’ y ‘marginado‘ de ciertos textos producidos por mujeres, que algunos de los mismos han sido objeto del presente artículo, al que para ese efecto se ha dividido en dos partes. La primera, estará destinada a presentarlos y a tratar de explicar por qué considero que estos textos contienen la materia prima esencial de que puede nutrirse la memoria social. Son estos escritos todos producidos por víctimas directas del reciente terrorismo de estado en el Cono Sur de América Latina, fuentes primarias que contribuyen a la reconstrucción de la memoria fragmentada por el trauma, a la cristalización de un cierto sentido aunque todavía larvado de pertenencia a una comunidad, etapa esta última que es importante para la recuperación de las identidades desgarradas. En la segunda parte, se ofrece un (auto) ejemplo de recopilación y uso que hacemos las mujeres de las memorias traumáticas, más vale con el afán de hacer a las lectoras y  lectores testigos y cómplices de un estilo expositivo ‘no académico’ que trata de apelar a sus valores éticos en cuanto personas, más que a alcanzar la tradicional formalidad heredada en materia de metodología de las Ciencias Sociales, aquella que tiene tan férreamente por centro al Hombre, tal cual como con reiterada insistencia lo reiterara hasta un hombre, el filósofo Foucault.

 

Los escritos en cuestión

Cabe antes de empezar agregar que los textos que nos ocupan son escritos que tienen en común algo más que el mero hecho de haber sido escritos por mujeres y ser por tanto y por definición, casi siempre marginados o periféricos. Pues, además, han sido producidos por personas que en el momento de su producción, casi siempre carecían de antecedentes literarios publicados, pero que en cambio habían sido casi todas militantes o simpatizantes de movimientos o partidos de la izquierda revolucionaria latinoamericana, aquella surgida como sub producto de la guerra en Vietman, vertebrada y /o fuertemente influenciada por el pensamiento y la práctica universalista de un socialista argentino. Ernesto Guevara, el Che.

Variados en sus formatos y estilos, los textos producidos por estas ex militantes toman desde la forma de tesis de doctorado y maestría, pasando por novelas y obras de teatro, poemas, ensayos, argumentos para documentales, y llegan hasta diarios íntimos, cartas, memorias, todos los cuales actúan -en mi opinión -como verdaderos soportes para garantir la sobrevivencia material y / o emocional de quien escribe luego de recobrar su libertad ciudadana. Si dejamos de lado por ahora, por razones de espacio, a aquellos escritos científicos que se deben ajustar- en verdaderos partos con fórceps y sin siquiera anestesia local- a los requerimientos de las tesis de doctorado universitario y /o a los libros que las ‘popularizan’, arribamos a aquellos que sirven para expresarse más libremente. ‘Emocionalmente’, podríamos decir. Es que en estos textos se va pasando del rol de autora al de narradora. Como toda transición, es ese un proceso conflictivo, quebradizo y muchas veces, impulsivo y doloroso. Pero al final, necesario en su inevitabilidad histórica; si una ha de resurgir de las cenizas, necesita alas para volar.

Así, pues, creo que nuestros escritos cumplen una verdadera función terapéutica, en la medida en que nos permiten rehacer y volver a vivenciar eventos y emociones del pasado y con ello ayudar, a través de la reactivación de la memoria de nuestra historia personal y colectiva, a la rearticulación de los distintos elementos del trauma que queremos tratar de superar.

Es decir, que se estaría en presencia de una especie de auto cura a través del hablar, y /o del escribir, en el acto de forzarse a pensar para sí y en sí, y si es posible (d)escribir ese dolor. Pero con eso solo, claro está  – y como ocurriría con cualquier otra técnica terapéutica – no se concluye el proceso de recuperación. Es decir, que se necesita también de alguien que nos escuche y / o que al menos, nos lea. O sea, que es preciso tener, como en el psicoanálisis, por ejemplo, una interlocutora o un interlocutor válida /o. No tanto para efectuar la trasferencia sino más vale para reflejarse integrándose en el otro, o la otra. Para tratar de adquirir conciencia de una misma en ese salirse de sí misma, de ese  pozo casi inagotable de desconfianza del prójimo, salirse digo con pasos de libélula de la identidad destrozada y rehacerla con la coherencia que exige quien nos escucha al leernos, pero que al mismo tiempo prefabrica nuestra nueva identidad con la identificación fragmentaria de aspectos de la suya. He ahí el centro de nuestro universo, desde ese ‘allí’ desde donde volamos por fin liberadas, como mariposas que mimetizan su ancianidad en el reencuentro con la nueva existencia. En la que, en mi caso, seré para siempre joven, inmadura y tan dispuesta al cambio, aunque o porque ya, por mi edad cronológica, me acerque cada vez más a la pampa de mi infancia en Argentina., en donde quisiera esparcirme al morir.

De modo que decíamos, es posible volver a ser, sentir lo nuevo que somos en lo viejo, sin despojarnos por ello de nuestro papel protagónico en lo que hicimos. Volver a ser, a pesar de todo lo que nos hicieron, en suma, pero sin por ello dejar de ser lo que fuimos. Este escribir nuestro es  también un retorno a aquellas primeras lecturas que nos proveyeron raíces multiculturales en la adolescencia, y nos constituyeron como sujetos pensantes e independientes.

Es un apresar este mundo que parece ser cada día menos nuestro. En mi caso, entonces, es regresar a la escritura existencialista a la Beavour, feminista a la Wolf, de viaje a la Tristán, y con ello retornar mas atrás, adentrándonos en la psiquis de nuestra madre a quien cargamos a cuesta en el brutal  momento de su muerte para hacerla volver: posEvitiana, posGardeliana, posJuana de Ibarburu, más Mistral, o una Storni. Más yo a la posPizarnik, y ciertamente, posCarlos Marx. Rosa Luxemburgo y Paulo Freire, pero hija siempre. Y a la memoria más pareja de nuestro padre, muerto en ausencia mía y con el gran vacío dejado por mi exilio durante la última dictadura militar de Argentina (1976-1984. O sea, que mi canto es por supuesto el suyo, el de Martín Fierro y Una excursión a las Indios Ranqueles, el de la Desilusión de un Sacerdote y el desprecio a El hombre mediocre, a lo José Ingenieros y a lo Lisandro de la Torre, como nuestro ritmo es su tango, la milonga, su chacarera, el malambo, la zamba, todo lo que nos enseñara  a bailar cuando teníamos cuatro o cinco años. Las marchas de los circos de pueblo alrededor de la plaza, el olor de la alfalfa cortada, el girar de los girasoles marcando el paso del radioteatro de la hora de la siesta y yo conversando con las iguanas, alimentada por mis niñeras, que me llenaban la panza con mate amargo y los días de fiesta mi padre de nuevo con asado con cuero. Y mis perros y mi caballo, y las nutrias salvajes y los miles de vacas, muchas vacas con sus toros puestos y luego sus crías y los caranchos y las liebres y los zorrinos y las víboras yarará y los bagres sapo y los escorpiones, las vinchucas, los teros, tornasoles de un sol que se quedaba dormido sobre las vías del tren que regresaba de la gran ciudad, Rosario, en un atardecer de verano caminado. Y pan para la mano hambrienta, vino y agua para el sediento, derechos igualitarios  para las mujeres y hombres de trabajo de la ciudad y el campo… Y volver, volver, volver, que sesenta años no es nada, que febril la memoria os guarda y os nombra. Volver a casa. Por fin, volver.

Es que siendo nosotras todos frutos de determinados discursos históricamente determinados, y muchas veces objetos y casi nunca sujetos de prácticas discursivas debido al carácter autoritario de (casi) todas las ideologías políticas imperantes, nos reconstruimos a conciencia o no, pero a partir de nuestros escritos, como hacedoras de nuestra nueva práctica discursiva a la que nos habilita la memoria y las responsabilidades emanadas de nuestra situación de mujeres y condición de ex revolucionarias. Y esto es en sí mismo una función que algunas como feministas antiguas nos hemos propuesto realizar; o sea, auto evaluar y asumir nuestro nuevo rol social. Roles sociales que son tan variados y numerosos como casos hay de mujeres u hombres sobrevivientes que viven / escriben basándose en su traumático pasado. Nos cabe a algunas en cuanto mujeres, actuar reactuando nuestro pasado a través de nuestra propia experiencia de científicas y hacerlo en el seno de asociaciones nacionales, regionales e internacionales en las que interactuamos para ampliar el poder de nuestro discurso (Zabaleta: 2000) por decisión colectiva,3 pero esencialmente preservando y ampliando en  todas las áreas de nuestro diario vivir nuestra total independencia, única garantía real del ejercicio prístino de la libertad – aun condicionada como está por las limitaciones implícitas del modo de producción dominante.

 

De las narradoras  y sus estilos ¿un nuevo género o necesidad de un nuevo canon?

Así entonces, estoy de acuerdo con otras autoras en cuanto creo que debemos referirnos a esta nueva forma de escribir como si fuera un nuevo estilo, literario o no, en un sentido amplio, pues se trata como se he dicho, de textos con formas confesionales, de diarios, auto ficciones, autobiografía, o lo que fuese; pero todas modalidades, en suma, de escritura básicamente para sí, en que la autora procura dar a su narrativa la forma pública de un testimonio y al mismo tiempo comprenderse en su propia auto revelación, para establecerse frente al mundo y en el mundo con un nuevo sentido de agencia, y al hacerlo ayudarse a desenterrar, y forzarse a desmadejar un ovillo de temas que le interesan a ella misma ‘qua woman’, por cuanto implican valorizar su subjetividad como hembra. Estoy de acuerdo, por tanto, con los hallazgos pioneros de Suzette A. Henke en materia de lectura de escritos de mujeres. Y ellos me han estimulado a construir mi propia interpretación que aquí brindo. Al hacerlo no sólo me inmerso en la cuna proporcionada por mis congéneres desde los años ochenta en adelante, sino que como tantas otras me convierto en una narradora más, remo a la proa en busca de un nuevo paraíso en donde no aspiro a compartir manzanas mágicas con ningún hombre desnudo sino más bien con mi conciencia. Es decir, creo con Suzette (Henke: 2000) que procuramos reinscribir nuestro derecho al deseo femenino en el marco de los textos prescriptos por la cultura patriarcal tradicional.

En un punto, al celebrar nuestra propia manera de decir y nuestra propia manera de experimentarnos en cuanto frutas maduradas que somos en sociedades muy machistas, me permito disentir con Henke. O dicho de otro modo, vía la antivalidación de parte de una propuesta suya de la cual de todas maneras en términos generales como he dicho partí, para ofrecer las ideas abigarradas en este artículo como en chaleco de fuerza. Yo creo que este artículo me ha servido  como plataforma de algo que me parece que es igual en lo diferente. Me explico. Henke afirma haber dejado a propósito afuera de su fascinante estudio acerca del valor terapéutico de la escritura de vida de las mujeres que sufren de síndromes postraumáticos, la experiencia de las víctimas del holocausto por tratarse, nos dice, de ejemplos provenientes de un contexto histórico muy especifico. Pues bien: en lo que sigo yo me propongo en cambio, aunque ciertamente con la debida cautela, dar un anticipo de una investigación más amplia, en la que me oriento a tratar de demostrar que al mostrarnos a nosotras mismas como víctimas del terrorismo estatal, estamos de alguna manera tratando de decir (nos) que esas nuestras experiencias traumáticas producto de ese tipo de terrorismo, el de estado, tienen efectos similares y ocasionan sin duda síndromes post traumáticos casi idénticos a los que ella, Henke, describe en las autoras que analiza, que son mujeres narradoras que han sido víctimas de incesto, violación, etc, tales como Collette, Anais Nain, por ejemplo. O sea, de formas habituales del terrorismo doméstico.4

Pero nosotras, a diferencia de las autoras de Henke, no necesariamente somos escritoras de ficción. Más vale, escribimos como mujeres ex revolucionarias víctimas de prácticas extremas y diversificadas por género, raza y sexualidad, de los aparatos represivos del estado en que se apoyaran las corporaciones multinacionales para expandir la acumulación de capital en los países de la periferia  en la etapa salvaje del capitalismo industrial, financiándose con la extracción de la deuda privada y pública, que ahora asfixia a las debilitadas economías nacionales de nuestros países. Y sin duda que sufrimos de stress postraumático y que conciente o inconscientemente, queremos curarnos. He tomado esta línea interpretativa, que en esta oportunidad no aplicaré a los escritos de autoras ideológicamente más cercanas a la izquierda tradicional. La hubiera hecho extensiva a su obra y a la de hombres sobrevivientes que escriben sobre su vida, de haber podido tener acceso también a sus escritos, tarea que espero cumplir con posterioridad.5

Los textos, que habré prácticamente casi sólo mencionar, han sido producidos, pues, solamente por mujeres que fueron brutalizadas por las últimas dictaduras del Cono Sur, y que lo fueron por haber sido militantes (o a veces sólo simpatizantes, y en un caso inclusive sólo pariente de una persona militante) de movimientos o partidos de la izquierda revolucionaria durante las dictaduras de Uruguay, Brasil, Chile y Argentina. de los setenta.

Desde la novela, la poesía, el ensayo, el hilo argumental de un documental, una obra de teatro, hasta el diario que apoya a memorias de estilo pseudo ficcional unas veces, o ’factional’ otras, pasando por cartas y emails, son éstos textos que funcionan como verdaderos mecanismos de sobre vivencia, a mi juicio, de manera similar a los escritos de vida de otras mujeres sobrevivientes de violencia doméstica o institucional analizados por Suzette A. Henke, como he dicho. Estamos entonces enfrentando ejercicios del derecho a volver a vivir, y por tanto ante escrituras que  cumplen también con el rol de comunicarnos con la utopía. Y operan por ello también como manera de desafiar a la desesperanza y evitar a veces su forma más extrema, el suicidio.

 

A solas con el Trauma

¿Cómo recordamos nosotras mismas nuestra experiencia?, eso es hablar de una cosa. Pero lo que qué dicen, o qué no se dice, acerca de nosotras, eso es otra cosa. Y concibo a la nuestra como una manera de militar en la vida como obreras que somos del futuro, y por eso a nuestro género / estilo  le llamo la literatura de los pasos hablados. Y esto es así, porque nuestras palabras son como pasos, y nuestras emociones se insinúan como si quisieran a veces ser como puentes desde la muerte a la vida, desde el odio al amor, desde el miedo al dolor, desde la culpa al renacer, nuestras palabras son ecos del pasado pero pretenden ser ladrillos de un futuro, son cemento de los castillos que ya habitamos pero en donde todavía cabe muy poco la explicitación del gozo de nuestros semejantes como deseo. Nuestro pasaje del grito a la sonrisa.y de allí al grito de placer.

Pero nosotras: ¿quiénes somos nosotras? ¿Cuántas somos? ¿Dónde estamos? ¿Y por qué, y qué fuimos? ¿Y qué puesto tuvimos – o no tuvimos- en nuestras organizaciones políticas? ¿Y qué hacemos, y adónde estamos treinta o más años después? Y por qué todavía no escribimos nada cerca de nuestra sexualidad. Ni de la ajena. ¿Y no será por eso que no vendemos? ¿Quién (es), y/o por qué nos sigue(n) excluyendo? ¿O no, no se nos excluye?  Nosotras, ¿no seremos apenas las (no) excluidas, sino las incluidas que no estamos, aunque vivimos, como esos monstruos sin caras y esos cuerpos sin cabeza y esos gritos persistentes ese para no dormir silencio en medio de la noche que nos reclaman?

Y como ayer reclamábamos que se legitimara la lucha de clases para hacer posible nuestra emancipación y liberación para poder transformarnos en personas, hoy sabemos ya que la etapa de los 1960 y los 1970 debe quedar atrás. O sea, que perdimos batallas importantes en frentes tales como los de Guatemala, República Dominicana, en México, en Brasil, en Perú, en Bolivia, en El Salvador, en Chile, en Uruguay y en Argentina. Y aprendimos mucho de lo que pasó en Nicaragua, y en Paraguay. Y comprendimos de lo que le pasó a la Revolución en la Habana. Y qué en Colombia, ¿y en Venezuela? … Pero los pueblos siguen estando cargados de futuro. Uno que podría ser más justo. Para todas y todos. Por cierto lo seguimos deseando.

Un porcentaje de nosotras, especialmente en Brasil y Argentina, ya era feminista cuando militábamos en movimientos y partidos de izquierda hostiles, ignorantes y / o ciegos a la problemática específica de los géneros sociales y de las razas, feministas, y aunque estuviéramos muy alertas acerca de las experiencias internacionales tales como las de Rusia, China y Vietnam, adonde el proyecto revolucionario original al que tan definitivamente contribuyeron nuestras congéneres, no había redituado los cambios a los que aspirábamos, tampoco ‘de eso’se hablaba oficialmente en nuestras organizaciones. La inmensa mayoría de nuestras compañeras y compañeros consideraba a mis preocupaciones ‘cosas de mujeres’. No obstante eso, o por eso, el vacío nos condujo a buscar nuestras propias formas de organización y acción. Por ejemplo, en Chile apelamos a crear un grupo feminista con apoyo en las masas, al que llamamos Frente de Mujeres Revolucionarias del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria). Este se forjó en foros vespertinos en las cabinas y se extendió a la práctica extra mural universitaria de la Universidad de Concepción y zonas de nuestra influencia hasta mas allá de Temuco por el Sur y el valle de Chile Central por el Norte (durante las vacaciones de verano), y como ya me he referido someramente a lo que hacíamos entonces en cuanto mujeres militantes, a ello me remito (Zabaleta: 1997)

Claro está que las nuestras constituyen sistematizaciones fragmentadas, parciales, normalmente no publicadas por miedo, y me animaría a afirmar que también bastante sesgadas. Porque nuestra memoria es muy selectiva. Yo prefiero acordarme de lo que construimos, de lo que logramos, de la alegría que todo lo circundaba, cuando partíamos casi de la nada, moviéndonos entre el no ser y lo infinito. No había en Cuba ni en Argentina ni en Uruguay ni en Brasil, ni sabemos si en alguna otra parte, teoría marxista alguna que se pudiera aprovechar en todo o en parte para nuestro trabajo como mujeres concientes de la opresión de serlo; no había práctica a la cual valiera la pena imitar; como no había tampoco ni héroes ni heroínas que hubieran sabido combinar la teoría revolucionaria con los muchos conflictos ínter genéricos e intra genéricos que la prerrevolución ponía al rojo vivo, y ciertamente en Chile se vivía intensamente pero a ciegas en varias materias – no sólo en esta – durante el período en que gobernara la coalición de siete partidos/ movimientos de la izquierda (Unidad Popular, 1970-1973). No existía, en suma, sino por excepción, una búsqueda sistemática, sostenida, abierta y valiente de una comprensión nueva de la relación mujer-hombre, ni en la teoría ni en la práctica, ni siquiera en los espacios terapéuticos o confesionales, o sea, ni siquiera entre quienes se habían entrenado como terapeutas, sacerdotes o monjas, o visitadoras sociales, etc., que ayudara a aliviar el conflicto y resolverlo de nueva forma a nivel individual.

Ni del mero derecho al aborto por supuesto se hablaba casi, y cuando se lo hacía era en círculos universitarios muy reducidos, que yo sepa, y/ o en el costoso ámbito de la práctica comercial e ilegal, aunque los embarazos fueran secretos a voces que refirmaban el tradicional machismo de hombres y muchas mujeres de Chile. La práctica de interrupción forzada del embarazo no deseado alcanzaba – como el alcoholismo y la violencia doméstica de los que iban firmemente de la mano – proporciones endémicas. La práctica abortiva ilegal ya había sido denunciada con carácter dramático por cineastas mujeres mexicanas del Cine Nuevo, pero no se filtraba en las plataformas políticas de Chile, ni mucho en ninguna parte, salvo en Cuba, aunque fuera la práctica anticonceptiva mejor conocida y tal vez más usada por las mujeres más pobres entre los pobres de la ciudad y el campo. Si un dirigente obrero de una mina de carbón, digamos, le pegaba a su mujer de manera reiterada porque era alcohólico y machista, en el partido eso se callaba, pues eso era ‘cosa de hombres’, se me repetía…

Tampoco se hablaba sino que para ironizar y usando vocablos del más vulgar estereotipo, o ‘en chiste’de un pésimo mal gusto, del lesbianismo y de la homosexualidad o cualquier otra conducta genérica en materia sexual que difiriera de la heterosexual, así como tampoco se discutían en grupo los actos de acoso y abuso sexual y / o racista frecuentes en nuestras propias filas, aunque los libros de Fanon traducidos al castellano fueran parte de nuestro ABC político-cultural y la editorial del estado Quimantú hubiera producido un pequeño libro adonde se mencionaba el número de violaciones sufridas en un año en Chile, que creo que habían sido en 1973 alrededor de 400.6 Una voz en el desierto. Se necesitaba una revolución orientada por el partido del bloque histórico obrero-campesino para que cambiara automáticamente la posición de la mujer en la sociedad capitalista, se nos había explicado, desde Trotsky y Lenin pasando por Engels y repetido en adelante a secas.

Pero el milagro no se alcanzó a producir, ni en Chile ni en ninguna parte. No se denunciaban las violaciones ni el adulterio practicado por compañeros / as del partido, porque regía como sabemos, una moral sospechosamente conocida. La de los dobles estándares. Podría estar dando la impresión, a quién piensa hoy en términos de raza, de género y de sexualidad, que la izquierda de nuestro entonces era aburguesada ¿Y no sería bastante cierto? Las prácticas sociales aludidas bajo el modelo económico neoliberal con predominio de capitales corporativos multinacionales han acentuado después aun más todavía las lacras sociales aludidas en todos los países de América Latina, en donde y por si fuera poco, sigue además creciendo el ataque del SIDA.

Por eso nuestra lucha continúa

Porque para quienes asumimos la lucha de clases en cuanto mujeres, con una concepción marxista de la marcha de la historia, y con una perspectiva feminista para comprender nuestra discriminada posición a través de los siglos y de las ideologías, ayer como hoy, para hacer nuestra historia no tenemos modelos ni roles, no tenemos más que la voluntad de avanzar luchando. Haciendo puente al andar.

Y esa lucha sabemos ahora que continuará tal vez por siglos. Pues están muy lejos, lejísimo, las metas estratégicas que nos propusimos alcanzar. Pero mientras otras y otros crecientemente nos toman a las mujeres latinoamericanas como objeto de sus investigaciones desde 1970 en más, tanto en las Américas como en Europa, en cada nueva década surgimos no obstante con voces propias y habemos más y más latinas que somos el centro de nuestra propia búsqueda científica o artística, o bien de ambas. Más y más trabajamos todas en común, a pesar de las suspicacias lógicas derivadas de choques culturales, conscientes de la perentoria necesidad de aunar fuerzas y del respeto por la diversidad; y nuevas tecnologías como el Internet nos permiten intercambiar puntos de vista surgidos de experiencias de ser mujer en distintas sociedades, varias veces al día, cada día. En suma: somos más. Y todo esto es cada vez más parte substantiva de nuestra militancia feminista de mujeres  de izquierda.

Son las nuestras voces que aun muchas veces atrapadas en la propia autocensura por los constituyentes que estructuran la subordinación genérica, o que son ignoradas, distorsionadas o ridiculizadas, por las personas de ambos sexos y por las instituciones que preservan todos los privilegios sociales; las que aun atrapadas, repito, en la historia secular de la impotencia surgida de nuestra inserción desfavorable en relaciones de género, raza y sexualidad profundamente discriminatorias, tratan de hablar con más fuerza. Y muchas veces detrás de esas voces está la escuela que nos forjara como aguerridas militantes…la irremplazable experiencia que culminó en el trauma.

Y aquí sí que el número se reduce drásticamente. No tanto porque las mujeres no hayamos contribuido en calidad y cantidad -aunque tal vez de manera distinta y más difícil por ello de evaluar-, tan substantivamente como los hombres a los proyectos de cambio impulsados por nuestros partidos, sino porque varios miles de nuestras voces fueron sesgadas por la desaparición, el asesinato, la prisión, el exilio, la locura, el miedo, la frustración. Pero otras quedamos, que escribimos y / o hablamos, como Rigoberta y Domitila. Plasmamos nuestro recuerdo en el quehacer de una memoria que nos honra; leemos, escribimos y colectamos :poemas, cuentos, cartas, emails, autobiografías, documentales, fotografías, agendas, librerías, bibliotecas, cursos, radios, encuentros, paneles, ponencias , artículos, panfletos, revistas, paginas de Internet, libros, o lo que sea.

Nosotras nos construimos así la ilusión de una vida mejor. Tanto como ayudamos a construir la de nuestras hijas e hijos, amigas y amigos y colegas, y a despecho de toda la sombra que nos echara encima tanta persecución arbitraria, tanta crueldad, tanta indiferencia, tanto odio y tanto horror. Por eso tal vez no nos entienden muy bien quienes gustan de simplificar los fenómenos y nos encasillan como meras madristras; aun cuando no tenemos vergüenza de ser también madres, muy amantes madres si hemos decidido tener descendencia. No somos madres ni todas marianistas   simplemente porque lo fuera la Virgen María, o por el hobby de usar los derechos reproductivos. Si no más bien porque nos gusta plasmar la historia con los brazos abiertos, sembrados de libros y amapola s azules, rojos y amarillas, florecidas s y con banderas de colores de amor y muerte, y no como los colores de la firma Benetton que reducen a nuestros pueblos nativos a la extrema pobreza con su compra en gran escala y a precios de liquidación del patrimonio indígena de la Patagonia argentina (950.000 Has.). Ayer lo defendimos con banderas, poemas y fusiles y hoy lo seguimos haciendo con campanas sonando al porvenir, al viento como los cantos de palomas con angustias de paz, haciendo del Internet una nueva arma de futuro y de nuestro cansancio un silencio aborrecido. Con rencor a la muerte prematura, sin consuelo por la muerte de inocentes. Sin perdonar, sin olvidar. Porque amamos la vida. Tuvimos derecho al fusil, como tuvimos derecho al goce libre de nuestro propio cuerpo. Y si nada de todo eso nos fue dado, sino que debimos arrebatarlo, pagamos más encima muy alto el precio de perderlo todo. Y con el descuartizamiento de nuestra psiquis y el dolor extremo del cuerpo.

No desarrollamos por ello desprecio a todos los hombres, ni nos movemos simplemente por primitivos instintos de venganza contra ellos. Ni despreciamos a todos los compañeros, colegas, amigos, hijos, hermanos, solo porque son hombres. No definitivamente a los recuperables, por lo menos. Los quisimos, trabajamos con ellos, gestamos con ellos y con y por ellos y ellas, amamos. Y si entre brisas de retama se asoman los no-me-olvides de la primavera inglesa que inunda los patios y colma de olor mi ventana, ese es el mismo cielo que silencia las brumas de donde sopla el viento desde el mar chileno, el sol que duerme sobre la costra salitrera, cobre y cielo, poncho y azada, trutruca y escoba, media agua levantada en las noches sin sueño, fábricas tomadas en la oscuridad para dar pan al sediento y poner platos en las mesas de los más pobres libros en las manos iletradas cuecas en el corazón y en las piernas ritmo, y así como lo vivimos, así vamos reviviendo, escribiendo lo que nos dicta una memoria abierta, tierna, generosa .Nuestra veces trágica, irrepetible, por eso querida memoria nuestra. MartaVasallo, hoy muy destacada periodista en El Dipló de Buenos Aires, según Bayer, en las horas de la ignominia se aferraba a los poemas que sabía de memoria. Estuvo en el Club Atlético: “Estábamos con los ojos vendados tiradas en el suelo, en boxes diferentes, esperando que vinieran a buscarnos, escuchando cómo se llevaban y traían a otros, y los gritos de los torturados’.7 Así son las artistas.

Voces revolucionarias del Sur

                                                         ‘…en mi cuarto quedó el sol

y una sonrisa de papel…’

Pipo Pescador, 1975

3 noviembre 1976, Parque Palermo, Buenos Aires

Quedé casi sin respiración. Y de nuevo miré hacia atrás, con mucho mayor aprehensión esta vez. Es que desde el asiento delantero de un auto desconocido, trataba de adivinar cuál sería el destino final del patito de mi hija Yanina en la Argentina. Lo habíamos dejado solo y librado al azar en la ciudad del terror. Me sentía muy culpable. Me sentía un torturador.

El animalito, sin embargo, caminaba muy rápidamente, casi como de costado. Tendría tal vez una ligera pizca de miedo, pero lo disimulaba asumiendo un aire casi aristocrático, como si desafiara al abandono con ofendido decoro. Al mismo tiempo, parecía como que se le hubieran alargado las patitas. Que a sus alas amarillas con plumitas negras le hubieran crecido otras alas para impulsarlo más rápidamente hacia el lago. Patito estaba, en suma, encarando con coraje y con todo su cuerpo y gran expectación, la libertad. El futuro le daría miedo, sin duda, pero al mismo tiempo, le atraía como un imán.

Patito era, para su suerte, joven y soltero, y aunque nunca supimos de verdad cual era su sexo, le asumimos macho. Nobleza obliga: en el mundo latino respetamos la tradición patriarcal de nuestros antepasados como si fuera algo intrínseco a la condición humana. O natural. Por eso, en una sociedad tan machista como la argentina, este pato tenía sobre mí a su favor ciertos atributos que eran de suyos relevantes para la construcción de la nueva cultura que se estaba imponiendo en el país a resultado de El Proceso, liderado como era por los Superpadres. O sea, por machos al cubo, como diría Sábato (Zabaleta: 1998)

Así pues. Después de la cotidiana valla impuesta por la consabida pregunta con que cualquier extraña se tropieza al apenas abrir la boca aquí, o sea: ‘Where do you come from?’- lo que de ahí en más le hace sentir a una que puede compartir este terreno (ajeno) pero hasta por ahí nomás, dado que los nativos de esta isla pueden ser, como ellos se creen, generosos, magnánimos, amables y compasivos, pero siempre que se acepte, que quede bien en claro, que una refugiada argentina / chilena estará aquí de una vez y para siempre en un estanque ajeno. ¿‘Albión perfidious’, como decía el escocés Donald MacKaskill? O sea, que al arribar al exilio lo primero que automáticamente me hicieron sentir fue que para los seres humanos nativos yo era apenas una sapa de otro charco.

Pero ¿qué era en cambio lo que nos ofrecía para readecuarnos a la nueva etapa la ideología de la izquierda cuando llegamos al exilio? ¿Y qué lo que habíamos aprendido de nuestra entrega por amor a la revolución, las mujeres que militábamos en los partidos y grupos de la izquierda?

 

La mujer conscientizada y el tratamiento de las diferencia

 

‘Sí, las madres salimos y gritamos y hablamos y protestamos. Y los padres más concentrados, a los 5 años fueron muriendo casi todos. De cáncer o de ataque al corazón. Lamentablemente somos casi todas viudas las Madres’.

                        Hebe Bonafini, junio 2004

Duelo interno que a mí solamente me produce dolores de estómago, pero que a mujeres más calladas y más discriminadas en Europa que yo (por no ser ‘tan’ blancas), las ha matado prematuramente de cáncer estomacal como aMartaFuentes, mi amiga, colega y compañera exilada en Holanda. A mí – a quien a diferencia suya aquí en Europa al menos no me tratan como si fuera una ‘mujer de color’- los recuerdos no me producen por ahora sino vómitos o diarreas de sangre y sólo de tanto en tanto. No sufro dolores comoConsuelo Rivera-Fuentes (Rivera Fuentes y Burke: 2001), a quien una enfermedad desconocida pero que yo creo que es consecuencia directa de las brutales torturas que ha sufrido ella en Chile, la ataca aun ahora con terribles dolores, aunque de eso no se escriba. Y no hay mejor prueba de esos dolores – que para ella son ‘cosa de todos los días’- que sus tan sentidos, brillantes cuentos, como aquel con que ganó el primer Premio de la Competencia Letras Lejanas (Díaz  Vallejos: 2002)

Se trata pues, en la mayoría de los casos, de una lucha muy desigual, que a Nora Strejilevich, cuyo único hermano Gerardo está desaparecido en Argentina, y cuyos padres murieron como resultado de tanto dolor, la impulsa a viajar varios miles de miles de kilómetros por año para denunciar permanentemente los crímenes de las dictaduras. Y a escribir:

‘Lanzo mi nombre con pulmones con estómago con el último nervio con piernas con brazos

con furia. Mi nombre se agita salvaje a punto de ser vencido. Los domadores me ordenan saltar del trampolín al vacío. Me empujan. Aterrizo en el piso de un auto. Lluvia de golpes: este por gritar en judío este por patearnos Y otro más.-Judía de mierda, vamos a hacer jabón con vos. Soy un juguete para romper. Pisa pisuela, color de ciruela.’ ( Strejilevich, 2002:179)

Es la misma fuerza argumentativa, la misma sabiduría que impulsa a la periodista Gladys Díaz (Díaz: 1979), la gran dirigente gremial chilena del FTR (Frente de Trabajadores Revolucionarios) del MIR, a explicar por que magnificamos la ‘imagen grandota’ que solemos internalizar de nuestros monstruosos torturadores. Y a Carmencita Castillo Velazco a entrevistarlos y enfrentarlos y testimoniar en un excelente documental (Castillo Velazco: 1992) esas atrocidades, y a la Flaca Alejandra, la ex jovencita mirista luego bestializada en prisión, a recontar la confusión política y moral que la llevó a trabajar para la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional).

O es la convicción dolorida que impulsara a Carmen Rojas que a diferencia de ella no se quebró, a escribir sus viajes a la tortura para ayudar con ello, afirma, a la ‘recreación de una alternativa real de liberación’:

‘A ver flaca concha de tu madre, ahora sí que no te vai a hacer más la blanca paloma. Vai a cantar al tiro nomás, huevona, o te vai a ir cortá como la Lumi 8.Era el Romo, maloliente y furioso, que me venía a buscar para llevarme al interrogatorio’. (Rojas: 23)

De repente, cuando te leía, sentada en el ‘Jardín de Las delicias’ como le llaman los poetas al bello patio deJoan Lindgrenen la ciudad de San Diego, comprendí a través de tus palabras, Carmen Rojas, que mi propio pasaje por las mazmorras chilenas no merecía más palabras. Para eso habías escrito tú por todas, y allí estabas con Muriel, y el Trosko Fuentes, esperándome en Villa Grimaldi, y como bien tú lo explicas Carmen, se trata mas vale de vivir:

‘Se trata de ir recopilando y conservando los testimonios… para resguardar todo un proceso político vivido y luchando activa y consecuentemente, en los momentos más duros, de la historia de este país’. Creo como Carmen que es urgente hacerlo, y hacerlo ‘no como un archivo – museo para sacralizar principios y almacenar historias, sino como el rescate de una experiencia viva que debe servir y aportar al fortalecimiento y recreación de una alternativa real de liberación’. 9

Lo que a Orinda Ojeda la llevó a buscar editorial para sus memorias de diez años de cárcel bajo la dictadura chilena.10 Y a Alicia Partnoy a buscar el auxilio de Amnesty Internacional para certificar su material escrito entre rejas y seguir con el resto. (Partnoy: 1986, 1992). Lo mismo que antes a Carmencita (Castillo Velazco: 1980) la había llevado durante su exilio en París a escribir Un jour d’Octobre à Santiago, y así recomponer el asesinato de Miguel Enríquez, Secretario General del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), y el rompecabezas de su amor por un hombre del que estaba embarazada, de su amor por la justicia y por la revolución.

Es aquello que Flávia Schilling recopiló en sus ocho años de cartas desde la prisión en Uruguay. Escritura la nuestra que aun no encuentra un mercado amplio ¿y no será también por falta de interés del gran público en los problemas específicos de las mujeres torturadas por funcionarios /as del estado, a pesar de la similaridad de los síndromes que esto produce con los que ocasiona las múltiples de coerción sexual dentro del área doméstica, lo que pareciera ser mucho más promovida ahora por la industria de lo prensa amarilla?

¿Será la experiencia sufrida en Chile lo que motivara a Mónica Escudero (Escudero: 2002) a reflexionar lúcidamente acerca de la situación realmente existente de las mujeres cubanas después, y a pesar, de la Revolución Cubana? O la intención es más vale darle una voz a la mujer que hombro a hombro con el sexo masculino protagonizó una de las páginas más bellas y trágicas de la historia reciente de Brasil: la resistencia armada en las décadas de los 1960 y 1970 (Ribeiro de Lima: 2000). Es todo, en suma, es esto y eso y es aquello, aquello que a aquel otro gran ejemplo para todas, la gran organizadora de la Tercera Edad en Londres, Ana María Navarrete, no le permite a veces seguir hablando de su hija mayor, una joven alumna de mi curso de Economía Política I a la quise y cuidé en mi casa de Concepción como a una hija, mi joven amiga desaparecida en 1974. Muriel Dockendorff; mientras que su otra hija, Berenice, también salvajemente torturada en Chile, fue dejada en libertad y es pintora, y la madre del pintor chileno disválido a raíz de las torturas infligidas a su madre en prisión Federico Hidalgo. Porque hay veces en que el dolor que la conversación produce nos cierra la garganta. Como le ocurre a Laura Bonaparte, cuando habla de sus nueve desaparecidos y desaparecidas. Y que lo explica así (Laura Bonaparte: 2202):

“Es probable que el segundo paso de la pesadilla, de lo monstruoso que es el secuestro genocida de hijas e hijos y seguida de la negación a entregarnos sus cuerpos, como forma enloquecedora de borrar la realidad de la parición, de la inscripción de sus nombres en los diferentes documentos, laicos y religiosos, presentados, reproducidos hasta el cansancio en los testimonios, remarcado por el borramiento genocida en la palabra ´des-a-parición´, ´desparidos´. La palabra se hace imagen y ambas invocan. Imagen multiplicada, símbolo que limita y a la vez universaliza. Poner en el Teatro estos episodios es poner en una relación especular, desdoblamientos de sentires profundos y pocas veces reconocidos. Qué es el teatro, sino un largo monólogo hablado por diferentes voces. Y esa relación especular, que solo el arte produce, donde las actrices juegan a ser cada una la imagen callada de las personas que formamos el público en una intimidad privadísima, personal y colectiva al mismo tiempo. Las tres actrices se transforman en modelo de relación pasional. Despojadas de pudores muestran la realidad del deseo del ser humano: el infierno. Y es por esto y por ser el arte una expresión sobrenatural, impredecible, todo creatividad, espíritu libre, aquello que es creado y animado es que el arte pacifica. Que aminora los odios, los extremos, civiliza.”

Laura que, al igual que casi todas las otras autoras citadas aquí, también se asiló por los largos ocho años de la dictadura y que escribe sobre recuerdos de su vida; cuentos para su galería de las malas mujeres, las transgresoras. También más y más lo hace basándose en su propia vida la médica psiquiatra Clelia Myriam Garbulsky, expulsada de su cargo de la Universidad de Concepción el 11 de septiembre de1973 y luego repatriada a Argentina el 5 de octubre de 1973, salida de un campo de detención de la dictadura, en donde estaba condenada a muerte.

Resulta, eso sí, que a veces una como que se cansa de ser víctima, o de que se nos piense y se nos trate aquí en el otro mundo sólo como víctimas. O ‘survivor’. Yo no solo sobrevivo, porque también trato de vivir y estoy en el mundo para amar y ser amada y para auto amarme. Y eso creo que eso es mucho más que una mera sobre vivencia  Y por eso escribo y camino con la poesía. O leo que otra escritora rosarina, profusa autora, Alicia Kosameh recuerda como:

‘Juliana, de desplegados dulces ojos color d e cielo, había llegado con otras sesenta y nueve, entre ellas yo, a la cárcel de Villa Devoto, cómodamente emplazada en el barrio del mismo nombre de la ciudad de Buenos Aires. Había sido engrillada, de la misma manera que el resto, a la plataforma sin asientos del avión militar en el que se realizó el traslado desde el sótano de la jefatura de Rosario. Había sido desnudada para una sorprendente revisada médica al ser ingresada a la nueva cárcel, como todas las demás. Y había sido asignada al mismo pabellón que otras veintinueve, entre ellas, yo. Todo eso después de haber pasado por las manos de los torturadores de rigor que intentaron obtener de ella la información característica sobre sus actividades políticas, y las de quienes más, siempre valiéndose, ellos, de los métodos no necesariamente infalibles de la picana eléctrica, los golpes sabiamente distribuidos por las zonas sensibles del cuerpo. Y las violaciones en cadena. Cositas .Esto para decirlo rapidito, para dar cuenta del contexto’…’Y recuerdo el momento, recuerdo el momento, sus huecos’. (Kosameh: 2000: 96)

La lorita iletrada

El exilio me convirtió automáticamente otra vez, pero ahora primero que ninguna otra cosa  a los ojos de los habitantes aborígenes del Reino Unido, en esposa. Eso sería como un infierno para mí. Había subido a ese avión en que iba a Europa casi a la fuerza, una mujer de clase media, bien alimentada y blanca, muy calificada. Con el título ganado en buena ley cuando muy pequeña, de ‘Piquito de Oro’. O de ‘Jesús Memoria’, también dado por mi papá. ¿Sería que el ‘Juan Gaviota’ no estaba en sus estanterías? La lorita hablaba hasta por los codos, y ganaba casi todas las lides de la palabra. Con el tiempo y con los diplomas, fue hasta capaz de discutir en términos ‘legales’, por ejemplo, con altos oficiales golpistas del Ejército Argentino, inéditos procesos de cómo hacer aparecer con vida a un desaparecido político ( el entonces su marido) en 1976, sentando con cada uno de esos expedientes nuevos precedentes prácticos.

“Larga vida a la cotorrita”, dijiste una vez, gauchito, y desde ese día trato de no amarte más que mucho, chinito requetelindo (aunque vos no me creas: ‘y tú lo sabes’). En 1976 el país estaba ya en estricto estado de sitio, como en 1943, 1955, 1962, 1966, y la legalidad había sido suspendida automáticamente con el ascenso de la nueva Junta de Gobierno de facto presidida por el General de Ejército, Videla. No podía saberse de antemano cuando escuchamos la noticia del golpe mientras tomábamos el desayuno y la oímos por la radio, que estaba yo predestinada a tener que empezar a actuar por la libertad con la misma mezcla de desparpajo, candidez y determinación que tipifica a casi todos mis actos, especialmente los más errados. Ese día esperamos a la nanita Silvia, le servimos desayuno, y en lugar de preparar a Yanina para ir a su guardería, ‘La escuelita’, le pedí a Alberto que fuéramos a comprarle ropa de invierno a la nena. Así lo hicimos. Solo una quincena después, yo ya estaba dedicada de tiempo completo a tratar de encontrar y devolver con vida el padre a mi hija.

En el aeropuerto de Heathrow el 16 de noviembre de 1976, adonde llegamos los tres  expulsados de Argentina, descubrí también a una nueva persona: a mi esposo, del que había estado involuntariamente separada por cerca de los ocho meses que pasó prisionero sin cargo de la dictadura, y del que no tenía noción clara de que hablaba tan bien en inglés. Ese mero hecho práctico selló mi nueva y odiosa dependencia genérica de él en el exilio. Por años fue él quien tuvo que hacerse cargo de las compras de la comida  porque yo no sabía expresarme en inglés, ni manejaba nuestro auto. Y eso no creo que lo hubiera hecho, precisamente, muy feliz. Porque siendo una pareja de revolucionarios,- tanto en Buenos Aires, como cuando vivíamos en Chile- de esas ‘pequeñeces’ y todas las demás pequeñeces domésticas me encargaba yo. Además de militar y trabajar también de tiempo completo en la Universidad de Concepción, yo participaba muy activamente en la administración popular de la JAP (Junta de Abastecimiento y Precios) del barrio, central de Concepción  en donde vivíamos (siendo esa aparentemente una de las razones por las que me iban a matar en Chile después del golpe, lo que no se dio porque la Chancillería de Argentina me repatrió a tiempo. Es decir, antes que llegara al estadio de fútbol convertido en campo de detención la maldita Cabalgata de la Muerte).11

Pato huérfano recién salido del cascarón en el campo, pero con un hermanita o hermanito (hembra o macho), lo llevaron a la ciudad. Allí pasó a una caja en donde esperó ser vendido, en las afueras de la estación de trenes de Retiro (ahora hecha famosa en el exterior por el film de Parker a la Madonna), y de allí pasó a estar en mi bolsa el día que compré a los dos patitos. Eran tan pequeños que cabían en mis manos. Parecían más bien huevos peludos con sus plumitas de un amarillo suave. Verlos me hizo olvidar del horror que había vivido esa misma tarde de sol dentro de las paredes del Palacio Presidencial. La famosa Casa Rosada, lugar del que Evita se convirtiera en vida en la única reina. Bueno, eso claro hasta que llegó la Madonna y convenció a Menem que le prestara el balcón para hacer la película, con lo que hasta el bello balcón quedó corrupto…

Esa tarde iba caminando cabizbaja hacia el tren interurbano que me llevaba a casa, adonde Silvia Ugalde y Yanina me esperaban. Yo me sentía un poco como ‘El Patito Feo’en uno de los poemas más tristes que leí en mi infancia. Había una vez una pata con siete patitos, todos amarillos menos uno que era negro y chiquito:

Todos los patitos se fueron a nadar

y el más chiquitito se quiso quedar.

La madre enojada le quiso pegar

 Y el pobre patito ¡se puso a llorar!…

Patito malo, ya vas a ver / negrito y joven, qué vas a hacer…/Te llaman el clandestino/

por no tener papel /Pato vago, clandestino /Terrorista, clandestino./Manu Chao, terrorista…/ Y  para los blancos’ benditos’ / Bush y Blair candidatos al Novel.?!….(MZ).

                Volvía a casa. Una nuevo día entero más haciendo gestiones agotadoras para que mi marido, que apareció finalmente en la prisión de Villa Devoto pero que había ya sido trasladado a la Alta Seguridad de la Plata, y nuestra hijita también extranjera, pudieran salir del país. Videla ya había firmado gracias a mis interminables presiones legales la orden de su expulsión, el 10 de agosto. Pero a nadie le interesaba hacerla efectiva, excepto a mí. Yo mientras tanto ya había empezado a ser interrogada sistemáticamente, como hoy, por él y en su despacho, Jefe de Información Política Secreta de la Presidencia, adscripta directamente al Ministerio del Interior. Al frente estaba de Ministro el hijo adoptivo de una de las mejores amigas de mi madre, el Gral. Harguindegui. Valga la diferencia. Dependía el alto oficial del Ejército que me interrogaba, según él, directamente del General Videla, el Jefe de la Junta Militar, pero informaba al General Harguindegui. No obstante,  nunca me sentí en familia…

Fue uno de eso días en que volvía de uno de los interrogatorios cuando los dos patos campesinos pasaron a convertirse en patitos burgueses: los vi y los compré cerca de la Estación Retiro. Yanina se enamoró de sus mascotas a primera vista. Uno era amarillito, el otro negrito. Ambos tenían ‘picos y alitas y patitas de pato’, comentó la nena, ‘como en el poema’.Unos meses después ya en el exilio, cuando Yanina con cuatro años y medio entró en la escuela primaria de Bearsden, en Escocia, el primer libro que le dieron a leer fue The Ugly Duckling. Así comencé a leer, ayudada por mi hija, en inglés no académico.Yanina tenía, como dije, cuatro años y medio, y había sido ya expulsada de dos países, igual que yo, que ya tenía cuarenta. Delicias de la necesidad de una rotación más rápida del capital.

 Pero hoy es otro día. Hoy, en cambio, es cuando de pato burgués, doméstico, Patito pasará a convertirse en pato salvaje. Todo un Pato Nuevo. Eso lo insinuaba su cuello demasiado alargado y empujado hacia delante como para llegar más rápido a alguna parte segura. Así lo traté de entender yo, y fue como si me tomara un cocktail hecho de pena, alivio, tristeza que corta el pecho como un cuchillo y un sentimiento de gran culpa que no deja respirar, igual que cuando me soltaron del campo de concentración en Chile: lloraba para mis adentros por la repentina ruptura de Patito con las condiciones materiales de su anterior existencia de pato mascota, y por ende por él quiebre impuesto sobre su identidad que le había ayudado durante estos pocos meses a disimular su antigua condición de pato de la calle, tal vez hasta de conciencia proletaria. Reflexionaba así que volvería, que seríamos millones de patos salvajes. Volver… No sabía que perder (lo) todo era otra vez mi destino, ni aceptaba que ése su nuevo lugar reflejaba el futuro que me esperaba a mí. Que eso era el exilio.

 

Solo voy con mi pena /sola va mi condena/ Correr es mi destino /para burlar la ley / me dicen el clandestino / por no llevar papel / Hummmm ¿Por no llevar papel, Manu Chao?

Espejo lleno de luces y de muchas sombras sería mi encuentro con la civilización del otro lado del Atlántico: la Europa de mis antepasados maternos y paternos. Y yo pensaba que… pero la conductora del auto en que retornábamos al piso que alquilábamos en el barrio de Belgrano R, la Señora Vinelli, me hablaba muy nerviosamente mientras me tocaba el brazo. Supongo que ella tampoco habrá resistido demasiado bien la escena de la despedida de Patito, o mejor, de su abandono a su suerte patuna. Lo cierto es que me hablaba con un acento perentorio, lo que me obligó a dejar de mirar para atrás, y a despedirme sin palabras ni lágrimas de Patito. Como si estuviera muerto. Me sentí moralmente obligada a concentrarme en ella e hice un esfuerzo por escuchar y entender lo que me decía. No fue cosa fácil. Mi mente volaba ya en el limbo de una libertad en donde no sabía que sería una extraña, anónima y no tendría ningún status.

Pero ella me pareció que estaba molesta. Como el pato, e igualmente sin una necesidad obvia y aparente, giraba también ella el cuello hacia todos lados como en afán exagerado de abarcar todos los ángulos de ese enorme parque al mismo tiempo.¿Sabría ella acaso que ese espacio en el Siglo XIX estaba afuera de la ciudad, y que era allí adonde estaba ubicada la residencia de Juan Manuel de Rosas, el Restaurador, y que ahí posiblemente sus mazorqueros se llamaban así porque torturaban con una mazorca de maíz a sus opositores políticos?¿Tal vez sentiría también ella mucho miedo? Siempre existe en mí, desde más de dos meses antes del día del golpe en Chile, una persistente, no localizada sensación de terror, ese pulsar agitado del corazón, esas ganas de huir muy rápido sin saber ni por qué ni en qué dirección apenas escuchaba pasar aviones surcando el cielo, sobrevolando la ciudad en formación de combate. O cuando me acostaba a jugar a la siesta con la guagua, y escuchaba interminables ruidos de fogueo en dirección al cuartel local.

Esa convulsión de todos los órganos y de los senos frontales que se esmeran en no saber, en olvidarlo todo. De sentirse culpable de un crimen que no se ha cometido. Esos vómitos sin causa aparente. Esa sangre que primero hierve en las venas y luego me abandona por cada agujero disponible, a sobresaltos. Y finalmente ese mareo que lo borra todo. Y el lento retorno a la conciencia pero sin entender ya quien es una, que hace ese bebé en su falda, quien es la joven que llora rítmicamente porque la han penetrado con un perro, sin acordarse ni decir ningún nombre, ni saber ya ni el propio. Ni adonde se está. Nada. Amnesia. Bloqueo emocional, memoria perdida o fragmentada, espasmos, fiebre, transpiración y nunca lágrimas. Es que entonces no se necesitaba ni dormir para tener pesadillas: la vida era de suyo tan brutal. Es ese mismo miedo recurrente, agazapado, tan típico de cuando veo, siento, miro, leo, o pienso en un hecho de violencia. Cuando estoy casi treinta años después en el Reino Unido y este país entra otra vez en guerra, con Argentina, con Irak, con Afganistán,  cuando video toda la primera ocupación y guerra contra Irak para no olvidarme ni un detalle; cuando bombardean Kosovo tan salvajemente. Me siento como cuando era chica y en Argentina decretaban el estado de sitio y venían los apagones y se sentían las sirenas y los negocios cerraban, y las tortugas desfilaban por la calle mayor, y, en fin, horrendo si nos seguían por la escalera de la Facultad en Rosario a caballo, si lo que gobernaba era una Junta de las Fuerzas Armadas. Por eso es que nunca pude ver películas que hablen de la guerra atómica, ni puedo mirar noticias de muertes ni hecatombes naturales tan repetidas hoy día en la televisión. Ese miedo ha quedado para siempre como parte constitutiva de mí misma. Es el mismo miedo que ha paralizado a la población de Argentina desde 1976 hasta diciembre del 2001. Es el consenso por el terror que creó la dictadura del 1976 hasta 1984. Y la corrupción previa o posterior que sigue su curso todavía.

Así pues, y a pesar de toda mi experiencia de horrores, o tal vez por eso mismo – dado que llegué a Inglaterra como argentina y esposa de un refugiado chileno de los Naciones Unidas, y a pesar de tener apenas 39 años, habiendo sobrevivido ya varios golpes de estado y horribles dictaduras militares – el 16 de noviembre de 1976, cuando el Big Ben daba un cuarto para las cuatro de la tarde, me asomé desde la ventana del avión para ver Londres y sonreírle a sus árboles.

Pero para cuando nos dejaron salir del aeropuerto ya estaba oscuro como en Argentina a la medianoche. Sentada en las escaleras de la gran casona, ella miraba lejos, se encogía de hombros y decía: ‘Mañana será otro día’. Esa escena final de ‘Lo que el viento se llevó’ en súper Hollywood technicolor siempre la estimulaba a no desmayar. Y en situaciones como esa, se vuelve a recitar el Poema XXIV de Juan Gelman (Gelman, 1994: 55), y se lo envía con el primer viento fuerte que pasa al hombre que ella más ama:

‘amarte es esto

una palabra que está por decir /

un arbolito sin hojas

que da sombra / ‘

 

Las noches de las vaginas largas

Ese domingo que me invitaron a almorzar, cuando tenía ocho años, la familia de los Filipini, unos vecinos italianos de Bouquet que eran italianos, me contaron durante un almuerzo que la violación de las mujeres italianas era una de las armas de la guerra mundial y que a los hombres para hacerlos hablar en el ejercito de Mussolini les daban aceite de ricino caliente. Ese día me hice antifascista. Y ese verano, durante las vacaciones en la montaña, me dio por querer saber lo que era la tortura. Me comí, mientras mi mama jugaba a las cartas con otras veraneantes, todos los porotos de ricino.

Juré que si sobrevivía la purga que me había auto infligido me haría aún más antifascista. Y comencé a prestar cada vez mas atención al leer los diarios, pues aunque eso no lo había leído en los periódicos, trataba de entenderlos lo mejor posible desde que tenía unos seis años. Yo pensaba muy mal acerca de la guerra europea. Luego me enteré de que había habido un golpe. Era el 4 de junio de 1943 o 1944, y los tanques que salían en los diarios eran nuestros, no nazis. Pero los militares se parecían todos mucho. El GOU (Grupo de Oficiales Unidos) se había puesto al mando de la Revolución con un General del Ejército a la cabeza, y un ambicioso y promisorio oficial cincuentón y viudo se había hecho cargo del Ministerio de Bienestar Social, Juan Domingo Perón. ¿Y de los tanques de los nazis?, juré que iba a crecer y los iba a romper a todos con palabras. Desde entonces siento desprecio por eso señores que se alegraban de tener que usar uniforme y gorra para ir a trabajar. Una sensación que nunca me ha abandonado. No por casualidad, entonces, diez años después, ya había sido puesta presa por tres señores de uniforme. Y tenido mi primera práctica de sesiones de tortura. Corría el año 1954.Entonces vivía en San Nicolás.

Pero: ¿qué pensaría Patito que le pasaba a la gente en Buenos Aires en 1976? ¿De quienes  serían esos veinte, treinta, cuarenta cadáveres que decían en el Buenos Aires Herald que aparecían en el Río de la Plata casi todos los días? Como buen pato patriota, pensaría que todo era lindo en Buenos Aires. Desde la tumba de Evita hasta el Obelisco. Una vista típicamente argentina, como le dicen acá a los cuatro metros cuadrados que fotografían cuando van a Buenos Aires algunos papagayos de la TV local. Buenos Aires, Patito, ojalá haya sido para vos también nada más, ni nada menos, qué eso. Figuráte por un momento que tu dueño es un jugador de polo que juega con el príncipe y los parientes de Fergie. Pero andáte con cuidado, porque, ¿sabes, Patito? Aunque en la patria hasta los chicos muy pobres pueden llegar a ser campeones de fútbol, no por eso nunca pasan a ser propios Che. Ah, no, eso no, te diría la Reina Isabel. Juntos sí, pero no revueltos, ¿me entendés ahora? ¿Cómo que no? Vamos, che, ¿de qué te la tiras, boludo comunista? Mirá que te voy a romper el pico y te voy a comer con plumas. Puto de mierda, maricón terrorista, pato peludo, rata podrida, guerrillero.

-¿Qué decís, Pérez?

-Nada, déjamela a mi nomás a esta mina concha de su madre, ‘la seooooooñorita que sabe jugar teeeenis’. -Vas a ver, nenaaaaaaa…, – le dice mientras la manosea-, que después que me veás el coño te lo vas mamar entero, pero primero, dejá que te saque una por una toditas todas, las uñas, y a los dientes todos se los baja  trompada por trompada. Y la chica cae, que del dolor no se habla, o se ríe una. Pero no se escribe.’ Tortilleras, nenas de mamá, que se asilan en Madrid y la siguen laburando de prostitutas’, me decía el oficial uruguayo mientras me sacaba de la cárcel de La Plata. -¡Qué Che Guevara ni qué perro muerto!

Terrorista. Perra Muerta. Sin papeles, me los comí antes de que parara el taxi, la noche que me escondí con la nena en San Isidro… en la casa de uno de mis dos mejores amigos: Rodolfo Pittao. Pero ahora hacen casi 30 años. Por eso duele más escribir, hoy no quiero recordar que no estoy allá, hoy no es día aquí, hoy es una noche de comunión con el alma de mi pueblo. Aquella noche en que Alberto desapareció cuando se disponía a viajar a Europa con Luc Banderet, su amigo el periodista suizo, de la casa de este. Cuando nos dimos cuenta de que había desaparecido, me había  tomado un taxi desde la casa de Graciela Guilis, adonde ella había ‘escondido’ a Yanina. Ella quería separarla de mí en caso de que yo fuera también secuestrada. Y lo hizo. Pero yo la fui a buscar y de allí nos fuimos, en la nochecita, nos fuimos, con la nena. El papá de Andrés, vino con a saludarnos a nuestro ‘escondite’, y le trajo ropa de varón a la nena. Con ellas volvió a su casa, el día en que regresamos del escondite. Yo interpuse, previo pago de mil dólares a un abogado, un recurso de Habeas Corpus, y Yanina lo escuchó y desarrolló su segunda depresión profunda. El juez contestó que Ricardo Alberto Hinrichsen Ramírez no estaba registrado en ningún edificio carcelario de los doce servicios secretos del país, me explicaron, mientras yo sentía que me desmayaba. Ahora sabemos que mientras tanto, a Alberto lo interrogaban con los ojos vendados, en el Cuartel General de Coordinación Federal, a unas pocas cuadras de allí, en la capital argentina y que para que confesara crímenes  que no había cometido, le decían que ese llanto que oí era el deYanina. Pero eso no nos lo dijo a nosotras nunca: lo oímos decírselo a la BBC de Escocia, dos años después. Porque de la tortura en casa con mi marido no se hablaba. Es que el miedo da miedo, al oído desata desconfianza, la injusticia te da bronca, pero nada es tan fuerte como el amor, que nos une para siempre, por encima del olvido en la memoria, como lo atestigua el poema de Miguel: cuando recuerda a su querida esposa y compañera Maria Haydeé Rabuñal, de 25 años que fue acribillada en un enfrentamiento armado, por cierto fortuito, en 1975 (de Boer, 2003: 14 y15)

‘Me dejaron tu pullover verde

Cuando te fuiste.

Pero no pudieron llevarte

Porque estarás conmigo

 para siempre’

‘Cuando reposa en la noche / su silencio me acompaña / la luna le siembra estrellas / 

 para en sus sueños guiarla…’ (de Boer, 2004:74) canta el poeta en su zamba. Y sobre el cielo plomizo de la tarde, allá muy lejos, en la patria grande, se duerme. Mientras yo leo cómo una mujer en un pequeño trozo de papel,  rememora la presencia ausente de otra mujer (Marta Vasallo, 1999: 83.84):

‘Hoy entré al café de donde te llevaron

Entré a tomar un café

Y a recordarte.

Yo que en ciudades ajenas

he creído verte tantas veces

yo que he corrido tras de alguien que se volvía

hablando otro idioma

yo que he querido dormir interminablemente

para volver a soñar con vos

para volver a creer que estabas viva.’

‘Freedom is not something you are given,

 but something you have to take’

Meret Oppenheim

‘The body is our common denominator and the stage for our pleasures and our sorrows. I want to express  through it who we are how we live and die’                                                                                                         Kiki Smith

*

m

***Mabel van más allá en su reflexión: “El rol privado y anónimo de la

 

*

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1 Una versión abreviada de esta ponencia fue presentada en la 40o Conferencia Anual de SLAS (Society for Latin American Studies), Universidad de Leiden, 2-4 abril 2004. Agradezco los comentarios de lo/las presentes y al Convenor del panel, Dr. Mario Aguilar por su invitación, estímulo y comprensión, y la compañía feminista de una imprescindible, la psicoanalista Laura Bonaparte, miembra fundadora de Madres de la Plaza de Mayo, ahora en la Línea Fundadora. Al estar presente, ella vivenció también la memoria de sus nueve parientes desaparecidos en Argentina durante la Guerra Sucia. Este artículo es parte de mi proyecto de investigación ‘The Gendering of Human Rights’, el cual no hubiera sido posible sin la ayuda crítica y la amorosa presencia de mis hijos Tomás Alejo yYanina Andrea Hinrichsen Z., y sin el cálido e inteligente apoyo de Brenda Clowes,Marta Vasallo,Ricardo Rodríguez Pereyra yCherie. Mis agradecimientos van también a la British Academy y a SLAS pues sus respectivos apoyo financieros facilitaron la discusión directa con Laura Bonaparte y el Dr. Miguel Ángel de Boer, ex presidente del capítulo Salud Mental, Tortura y Derechos Humanos de APSA (Asociación de Psiquíatras de Argentina). Gracias al inicial apoyo y afecto de Miguel, encontré el coraje que necesitaba para auto explorarme en la consecución del camino que aquí anticipo. Gracias también por el aliento que me significo su magníficamente entusiasta comentario al borrador inicial de este trabajo. Muy especiales gracias doy a las Dras.Consuelo Rivera-Fuentes y Linda Birke, quienes hicieron materialmente posible mi regreso a Chile en el 2003 (30 años después de haber sido expulsada por el gobierno de la Junta militar liderada por el  Gral.  Pinochet), y a Argentina (20 años después de la muerte de mi padre). Su ejemplar solidaridad suavizó el pánico que me causaba el pensar en volver. Pero volví. Volví a mis tierras amadas para tratar de hablar con él, con ella, con ellas y ellos; y de hacerlo con la voz y la poesía de nuestros queridos pueblos. Reviví así -en parte- la memoria de nuestras/os muertas/os muy queridas/os, y pude estar con las/os vivas/os; y sí, son los ecos de esos valles de amor a lo que, en definitiva, busco encerrar con esta, mi dolorida voz otoñal.

2 Traducción de MZ.

3 MZ es, por ejemplo, Trustee de CHANGE INTERNATIONAL, Coordinadora de Grupo de Trabajo de CEISAL( Congreso Europeo de Investigaciones económico-sociales de América Latina) y miembro del jurado de cinco jueces y el Presidente que otorga anualmente el premio CEISAL al mejor trabajo o institución dedicada a Estudios Latinoamericanos en Europa.

4 La similitud de los síndromes ha sido brillantemente analizada entre otras autoras porJules Falquet, 2002. Para cifras recientes de aumento de la violencia doméstica en Argentina ver Selser 2003.

5 A manera de ejemplo, para alguien proveniente de la izquierda tradicional, ver Clelia M. Garbulsky 2001 y  para ejemplos de escritos de un hombre, ver Miguel Angel de Boer, 2003, 2004 y su libro en preparación Aquellos fueron los días; véase también entre otros Emilio de Ipola, 1982.

6 Mi única copia ‘se perdió’ en Chile, al igual que el resto de nuestra nutrida biblioteca y todo lo que contenían nuestra casa y nuestras oficinas, cuando nos expulsaron del país luego del golpe del 11 de septiembre de 1973. No he tenido tampoco acceso a otra.

7 Osvaldo Bayer, Una síntesis argentina, Página/12, 28/4/2001

8 Lumi Videla, dirigenta del MIR, arrojada muerta por la tapia de una embajada

9 Me remito a Rojas, Carmen, Pág. 91 y Los Soporopos, Pág. 92. Cuando visité Villa Grimaldi en 2003, sentía que estuviste / estuvieron Carmen, Muriel, Edgardo Enríquez, el Trosko Fuentes, Lumi Videla, el Bauchi, y que nos sentábamos todos otra vez cantando todas las manos todas.

10 La que valientemente escribió:‘Volvemos a la carga con más fuerza, en esta larga batalla por torcer las líneas implacables, para llegar a celebrar nuestro aquelarre con bases nuevas para una nueva historia’. Orinda Ojeda, Ventoleras, Ediciones BRUJAS, Concepción, 1993, Pág. 92.

11  Hay después del juicio a Pinochet, numerosos testimonios. Pero en general, se aconseja ver el excelente libro de Joan Smith, Moralities. Sex, Money and Power in the 21st Century, Allen Lane, The Penguin Press,  London, New York, Victoria, Toronto,  New Delhi, Auckland, Johannesburg, 2001, Chapter First, Sin of the fathers, Págs 3-40 (especialmente la página 15, sobre las torturas a mujeres en Chile).

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